vendredi, août 07, 2009

Autores, propietarios, metafísicos


Siempre tuve un cierto carácter coleccionista, y de niño mi gran colección, la que más quería y de la cual más me ocupaba era mi biblioteca: una mesa de luz, donde iba ordenando mis tesoros. En 1998 me compré una computadora después de ahorrar todo un año.

El primer contacto con ese aparato –que ya no me abandonaría- cambio todo.

Se me hacía de no creer que existía un medio donde cualquiera se podía comunicar a voluntad con cualquiera, donde los libros y las imágenes que tanto había amado y que tanto habían significado en mi vida estaban allí para ser distribuidas de manera libre y gratuita, sin restricciones para todo aquel que las quisiera o necesitara. La Web, era para mí el sueño del pibe, podía tener acceso a tantas cosas que antes solo había podido soñar, libros agotados, reproducciones de obras de arte, que antes solo podía ver de "prestado" en las librerías, ya resignado a no tener jamás esos hermosos y carísimos libros. La lectura que hice de la Web en ese primer momento, en ese primer encuentro, en ese instante del conocimiento, fue: acá están todas las posibilidades, ya no habrá más escasez de bienes culturales, con esta herramienta una parte inmensa del conocimiento humano puede estar disponible para todos.
Un planteo un tanto ingenuo, desde luego, pero bueno nunca fui bueno para los negocios y no pensé o no quise pensar a la Web, en aquellos lejanos tiempos, como debería pensarla todo ciudadano consciente de su pertenencia al capitalismo: es decir como un almacén de venta de baratijas. Y por otra parte hace diez años eran muy otros los aires en la Web, el terreno mucho más libre, no estaba bajo la amenaza cada vez más ominosa de barreras, censuras y prohibiciones cada vez más asfixiantes. Y desde ya que había como para maravillarse:

Hipertexto de hipertextos, texto en construcción continua, texto sin autor, la Web es una maquina hiperdiseminante. Como sabemos, según Derrida, recientemente censurado en nuestro país, el texto singular se independiza desde siempre de su supuesto autor para devenir máquina productora, diseminante del sentido, separada de la conciencia y por tanto de las intenciones y de la plenitud del querer-decir de éste, y de cualquier otro que quiera erigirse en el dueño, o el restaurador de un supuesto sentido originario. La Web, la tela de araña, siempre estuvo implícita en el concepto de escritura. La iterabilidad es decir el surgimiento de lo otro en la repetición, desarrolla las posibilidades que desde siempre habitaron a la escritura, siempre hubo injertos de textos, copias, hibridaciones, contaminación, sin que fuera posible encontrar el texto pleno, el primero, el padre de los demás. La repetición, como todo, nunca puede completar su círculo, porque lo que debe repetirse nunca llega siquiera a ser el mismo, no hay repetición como tal, porque no hay como tal que pueda repetirse como tal. De lo que se deducen al menos dos cosas: 1) La repetición al no poder nunca repetirse está condenada a producir lo nuevo, es decir el acontecimiento, lo otro. Si la repetición es alter-acción entonces lo que se vuelve inconcebible es lo mismo o lo que es lo mismo: el uno, el origen, el autor, 2) Si la repetición no se repite cada singularidad es absolutamente única, 3) El eterno retorno de lo mismo es la eterna amenaza, eternamente condenada a fracasar. 4) El origen es retorno, re-venida, re-aparición espectral, la herencia ni comienza ni termina y nada más ridículo que creerse dueño de ella. No hay herencia contante y sonante, aquí y ahora presente. Somos en el modo de la herencia. Estamos heredando.

La producción textual no siguió nunca una línea recta sino que estuvo desde siempre sumergida en un laberinto, en una red, en una máquina autoproductora; el texto se teje a sí mismo, nadie puede y nadie pudo jamás dominar sus hilos. Diseminándose en una multiplicidad irreductible, la ausencia rompe el límite del texto, con lo cual queda impedida su totalización y su cierre, nunca acaba el querer-decir, la firma siempre está abierta a una nueva contrafirma. Sobrevive. Salvo que se borren esas huellas, que es justamente lo que intenta la causa contra las web de Derrida y Heidegger.

Para mí era más que evidente que al menos en el campo de la filosofía, todas las obras de todos los filósofos y en general toda la producción filosófica, podía y debía estar on line. Recuerden ustedes que yo estudiaba filosofía y entonces estaba sujeto a horas perdidas tratando de encontrar artículos de revistas que no estaban en ninguna biblioteca, libros que no se publicaban hace décadas porque no era redituable hacerlo, o porque al dueño del derecho de copia no le venía en gana. Las revistas de papel especializadas en filosofía me parecían una pérdida de tiempo una especie de locura. Sacar 100 ejemplares de una revista, para que con suerte fuera archivada en dos o tres bibliotecas donde las comería el tiempo, se me ocurría un gasto loco de trabajo desperdiciado, pudiendo colocarse toda esa producción en la web de forma tan fácil y barata.

Soñaba con poner a los empleados de todas las bibliotecas universitarias a digitalizar textos, pero claro, la ley 11723 ley del año 1933, no contempla medidas de privilegios o excepciones para las bibliotecas, éstas están impedidas de copiar su propio material, aún si es para fines de preservación. Si hay que creerles a los carteles que suelen adornar los libros, el préstamo mismo estaría prohibido y no sería de extrañar, si esta embestida de las corporaciones que se creen dueñas de la cultura no para, o mejor dicho no hacemos algo para que pare, que las mismas bibliotecas se vean obligadas a pagar derechos de autor o se vean obligadas a cerrar.

Esta pelea es una pelea por el Archivo. El Archivo, sabemos, es la casa del Arconte es decir, de aquel que ejerce la Arkhé, palabra que nombra el comienzo y el mandato, el origen y la autoridad. El Arconte no sólo es el guardián y el intérprete autorizado del archivo, sino sobre todo su productor: la técnica de archivación determina lo que es y lo que no es archivable, la archivación no sólo registra, ordena, jerarquiza sino que produce el acontecimiento luego archivable y con él las categorías mismas del pensamiento, es decir, del mecanismo ordenador. Sería bueno recordar unas palabras de Jacques Derrida en 1995 en Mal de Archivo: «Ningún poder político sin control del archivo [...]. La democratización efectiva se mide siempre por este criterio esencial: la participación y el acceso al archivo, a su constitución y a su interpretación».

Que la web nos dé la posibilidad de independizarnos de tutores y encargados y poder así escoger nosotros mismos nuestra herencia es algo que pone tan nerviosas a las corporaciones de los antiguos distribuidores de la cultura como el hecho de que ahora esta distribución pueda ser realizada con una eficacia infinitamente mayor y a precios que podrían convertir en realidad el sueño de una cultura libre para todos, obra de todos, herencia de todos, si no fuera por la batalla que en contra de ella vienen llevando los mercaderes que han vivido a su costa.

Pero volvamos 10 años atrás. Yo estaba en esa época fascinado con el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Y de él había poco y nada en esos tiempos lejanos en la Web. Algunos textos en inglés y alemán pero casi nada en castellano, el buscador Altavista (el Google de aquella época) indexaba sólo 15 textos sobre Nietzsche en castellano en toda la web. Pues bien, me dije, porque no devolver los regalos y las sorpresas que la Red me daba a diario, enriqueciéndola un poco, y así fue que en una noche de diciembre del 98 me puse a teclear una selección de textos de Nietzsche, y al otro día la obra de Nietzsche en castellano se había duplicado en la web, de esto se van a cumplir ya diez años, de trabajo en gran medida solitario, pagado con mi tiempo y mi dinero sin ninguna clase de subsidio ni de apoyo de ninguna entidad, pero tampoco, sin los juicios y amenazas de prisión con que hoy me regalan entidades que dicen defender con estas acciones nada menos que la cultura y la producción de conocimiento. Es que estos señores tienen unos razonamientos muy raros. La editorial Minuit, para no ir más lejos ha dicho de mí: “Horacio Potel publicó a lo largo de varios años, sin autorización y de forma totalmente gratuita, versiones completas de varios trabajos de Jacques Derrida, lo que es dañino para la difusión de sus (los de Derrida) pensamientos”.

La lógica del don, para los mercaderes es subversiva. Porque además ¿quién es este que se mete a decidir qué hacer público o que no, cuando ese siempre fue nuestro papel, nuestro privilegio y nuestro monopolio? Como decíamos antes: el control del Archivo. Esta es quizá la batalla más importante de nuestro tiempo y no termina con la cuestión del copyright, apenas se abre.

El copyright tiende a concentrar, a través de la privatización, el control de la herencia cultural en manos de un número cada vez menor de propietarios privados. El copyright es la forma que tienen las corporaciones que fabrican libros de papel de apropiarse de la creación de los autores para su pura explotación mercantil, de manera tal que priva a todas las demás corporaciones editoras, incluido el autor, de la posibilidad de reproducir su propia obra. El copyright es el monopolio de la explotación de los productos culturales y como todo monopolio impide la competencia que podría traer alguna baja en el precio sideral de los libros, cosa particularmente grave en un país como el nuestro donde la gran mayoría de los libros de filosofía están patentados por corporaciones extranjeras con lo cual hay que pagarlos a precio de oro.

Es hora de preguntarnos que es más importante si la ganancia de algunos empresarios multinacionales que no quieren amoldarse a los tiempos que corren y a los nuevos esquemas de negocios que estos platean, o la necesidades urgentes que tienen Argentina y Latinoamérica toda en cuestión de educación y cultura. Sobre todo cuando se cuenta ya con un medio técnico para la difusión libre y gratuita del conocimiento. Intentar como se intenta cada vez más privatizar la web es un crimen que del cual con justa razón nos acusaran las generaciones venideras.

Entonces 1998 no pretendía nada raro, sólo subir a la web, en forma ordenada y con cierto control de calidad todo lo que pudiera encontrar sobre los filósofos que me ocupaban. Las posibilidades técnicas convirtieron por sí solas a estas "bibliotecas" en máquinas privilegiadas para la producción cultural, dando la posibilidad de buscar en instantes un término en toda la obra de un filosofo, tener linkeado en el texto no sólo la cita sino el texto al que se alude, o las distintas versiones de una misma conferencia, no sólo en castellano, como fue la idea original, sino particularmente en el caso de Derrida, también en francés. No sé si a mis colegas o a los estudiantes estas herramientas -que hoy ya no están en la web- les habrán sido de utilidad -al parecer sí, teniendo en cuenta los mensajes de solidaridad que he recibido de todo el mundo- pero para mí eran imprescindibles, teniendo esos textos en mi computadora, el trabajo empezaba igualmente siempre en la web, las distintas formas de ordenación del material así como la posibilidad de usar buscadores, reducían el trabajo en horas a la vez que producían el encuentro de lo no esperado dado su carácter maquínico: no era yo solo tratando de recordar y asociar, era yo más la máquina. Estas maquinas defendían los derechos de autor de Heidegger y Derrida. Porque que alguien pueda ser leído, pueda ser encontrado, en un lugar que ofrece un mínimo de calidad sobre lo que publica, que ordena el material, que lo recopila y lo reúne, que permite hacer búsquedas de conceptos en casi toda la obra escrita del autor, un lugar así es un derecho que todo autor debería o quisiera tener. Derrida y Heidegger los tenían en la Web, las corporaciones que viven a costa de ellos han terminado con estos derechos de autor, para hacer valer sus patentes y sus propiedades.

Supongo que estos artefactos deberían darle a su “autor” -en este caso a mí- algún derecho, pero parece que no, han sido borrados por el capricho de una editora francesa que no trabaja en Argentina y que no sabe qué hacer para demostrar su codicia, su egoísmo, su afán apropiador. Minuit le comunicó al agregado “cultural” de la embajada de Francia en Argentina su malestar y este señor para defender la cultura francesa terminó con el lugar más visitado y completo dedicado a la obra de uno de los principales filósofos franceses del siglo XX. La Cámara Argentina (o francesa, ya no sé) del Libro, hizo una denuncia que fue tomada con inusitado vigor por fiscales argentinos, así que una triple alianza de Corporaciones patronales, embajadas neocoloniales y poder judicial argentino, se juntaron para bajar de la Web sitios que difundían filosofía y de paso joderle la vida al boludo, loco y terrorista que había tenido la idea de compartir las herramientas que usaba para trabajar en filosofía.

Porque el trabajo de profesor de filosofía tiene como una de sus obligaciones la escritura, no hay la menor necesidad de tentar a nadie con los ridículos derechos de autor que podría recaudar una obra sobre el ser en el Heidegger tardío, las obligaciones del oficio obligan a escribir. En este campo la mentira que dice que los derechos de autor fomentan la producción intelectual no se hace solo evidente sino hasta insultante, pensar que Nietzsche o Hölderlin escribían para cobrar dos mangos de derechos de autor, como si fueran vulgares autores de libros de autoayuda, da la idea de los valores con los que se mueven estos mercachifles.

La ruina del Estado-Nación es también la ruina de su derecho, y por tanto, también de ese particular derecho de copia, que se conoce también como derecho de autor. El autor, lo sabemos, es una figura en deconstrucción. La Red, con su capacidad infinita de copiar, injertar, tejer, yuxtaponer textos en todas las formas de la reiteración y de la modificación, es otro de los mecanismos que arruina el concepto de autor y sus concepciones conexas: el sujeto, el sujeto soberano, la identidad, la conciencia, la intención, la presencia a sí, la autonomía, la propiedad, el origen; pero la identidad está asediada por la diferencia, la propiedad está habitada desde siempre por una impropiedad irremediable, la presencia encuentra su origen siempre en la ausencia. El deseo de autoría es el de un querer-decir-correcto, de una intención-de-significación, de un querer-comunicar-ésto y solo ésto, de ser el padre y el dueño del texto. Esto, sabemos, es imposible, el texto se escapa siempre, resiste siempre a todo intento de apropiación. Sabemos que Derrida ha escrito en La escritura y la diferencia: «Ausencia del escritor también. Escribir es retirarse [...] Ir a parar lejos de su lenguaje, emanciparlo o desampararlo, dejarlo caminar solo y despojado. Dejar la palabra. Ser poeta es saber dejar la palabra. Dejarla hablar completamente sola, cosa que sólo puede hacerse en lo escrito [ ..]. Dejar la palabra es no estar ahí más que para cederle el paso, para ser el elemento diáfano de su procesión: todo y nada. Respecto a la obra, el escritor es a la vez todo y nada» Pero por otro lado la apropiación no es sólo del autor, la Red está llena de tachaduras de nombre para inscribir sobre el borrado, el propio. El robo, la falsificación, la simulación, un mecanismo de apropiación generalizado está a la orden del día y esto es un conflicto de interpretaciones, un conflicto en el que no podemos no intervenir. Debemos defender el sentido contra toda apropiación a manos de poderes anónimos que se han vuelto universales y actúan movidos por un racionalidad puramente económica, empeñados en llenar el espacio, dominar cada uno de los hilos, atrapar a todas las moscas con la dulzura de las baratijas, para extraerles toda su sangre o para derramarla, si no es lo suficientemente nutritiva. No debemos imponer nuestra autoridad al texto que producimos y al mismo tiempo no debemos permitir que se le imponga una interpretación que cierre toda interpretación en un sentido único. Pero este ejercicio de responsabilidad sobre lo dado, este tratar de evitar que se lo convierta en un presente envenenado, no es y no se debe confundir con el copyright, el paradójico derecho de copia, como si alguien pudiera ser dueño de la iterabilidad maquínica, esta pretensión atañe a los que viven de vender libros de papel y es un problema de ellos, problema de corporaciones internacionales que dificultan nuestro derecho al archivo; son ellos los que tendrán que encontrar una manera de sobrevivir, y eso pasará seguramente por algún mecanismo autoinmunitario, algo deberán cambiar las editoriales, algo deberán incorporar de la Red, si no, la pura reacción inmunitaria del nada con el otro, la pura defensa legal de unos derechos ineficaces y divorciados de la justicia no los lleva ni los llevará a ningún sitio. Habrá que cambiar algo de esos derechos que se pretenden absolutos, y que de creerles a las tapas de los libros prohíben no sólo las bibliotecas, sino hasta el préstamo, el don, el regalo; el libro sólo puede ser mercancía para ellos, cualquier otro uso está prohibido es malo e ilegal. Lo menos que se puede decir de este planteo es que su ingenuidad no tiene ningún por venir y ninguna inocencia.

La cultura el conocimiento, la tradición no son la obra de "autores" es curioso que los mismos señores que han terminado con las ideas ilustradas del sujeto libre y soberano, para vendernos el sujeto sujetado al consumo, apelen a la metafísica de la subjetividad a la hora de buscar más dinero. Es curioso que lo hagan en este caso ya que tanto Heidegger como Derrida, hoy censurados y prohibidos en la Web, se han opuesto a esta idea de una subjetividad creadora como origen y causa de la "Obra". No hay átomos privilegiados por la Musa repartiendo la luz entre masas pasivas. No hay átomos y la constitución del “autor” como cualquier otra se con-forma con la alteridad que la preexiste. Heidegger y Derrida han señalado cómo antes de constituirse o en la constitución misma de algo así como un sujeto, de algo que diga “yo”, todo un mundo previo ya preexiste, que estamos formados antes de ser, por la herencia y la tradición, la transmisión, la pervivencia del mensaje, el conocimiento no es una mercancía, el conocimiento produce conocimiento, es una transmisión, una traducción, una tradición, una herencia, que como tal me preexiste. Aún más para Derrida todo empieza con una llamada un “Ven” el ven es el envío llamando a los envíos, el primer mail exigiendo la correspondencia en la que somos, correspondencia con el otro que está siempre antes. Cortar los envíos, es la muerte, y es esto los que los militantes fundamentalistas del copyright quieren imponer en la Web, quitándole todo potencial para domesticarla como instrumento de venta de banalidad. Pero como alguna vez dijo Derrida: "Heredo algo que también debo transmitir: ya sea algo chocante o no, no hay derecho de propiedad sobre la herencia".

Carlos de Santos, presidente de la Cámara Argentina del Libro, ha dicho hace poco en un matutino famoso: “La idea de que la cultura es gratis resulta muy peligrosa y dañina para las futuras producciones culturales. [...] es un delito”. No de Santos, sin conocimiento, sin acceso al archivo, a la herencia, no hay producción de conocimiento posible. La idea de una cultura para pocos, para lo que puedan pagarla, es lo peligroso y lo dañino. La Cámara Argentina del Libro y su campaña de cierre de bibliotecas on line, es muy peligroso, muy dañino y sería hora que estos señores vayan cambiando la palabra cultura que tanto tienen en la boca, por la frase: dinero para las editoras. Sincerarse nunca está de más.

Es esta herencia que no le pertenece a nadie y que nos forma a todos, esta herencia que es el don común sobre el que se construye lo nuevo, lo que se está atacando al atacar la difusión y el acceso de todas y todos a la misma. Es lógico. La herencia de la filosofía, del pensamiento crítico es demasiado peligrosa para los hombres del mercado, puede hacer creer que no necesitamos de tutores ni de encargados para atrevernos a saber-ser, tal como en la lejana época en que la burguesía era aún ilustrada, quería el viejo Kant. : “¡Sapere Aude! He aquí la bandera de la Ilustración.”

En esa herencia Mariano Moreno fundaba la Biblioteca Nacional, el primer diario y publicaba la traducción del Contrato Social, en el convencimiento de que el saber hace libres a los pueblos, hoy doscientos años después, un juez de este mismo país está llevando un proceso penal en contra de dos bibliotecas públicas por difundir filosofía, algo anda entonces mal, muy mal y es hora de empezar a decirlo.
Permitir que corporaciones oscurantistas solo preocupadas por su dinero, y amparadas en leyes obsoletas y por lo tanto injustas con este nuestro tiempo, empiecen a cerrar las nuevas bibliotecas de este siglo es asegurarnos un futuro de mayor ignorancia y por tanto de mayor sometimiento y mayor injusticia. En Argentina, en Latinoamérica toda no nos podemos dar el lujo de acceder a los reclamos de estos sectores retrógrados y atrasados, que no titubean en destruir las nuevas máquinas del conocimiento en su afán de seguir ganando más y más dinero.

Horacio Potel

4 commentaires:

sibila a dit…

nde te vengo a encontrar, horacio!
un beso grande, te agrego a mis links!

sibila a dit…

soy mara, me entró la id por mi correo de google :P

Horacio Potel a dit…

Un besote, Mara

conde-duque a dit…

Sólo quería agradecerle su esfuerzo y su labor.
Desde mis años universitarios como estudiante de filosofía, sus sitios webs sobre Nietzsche, Heidegger y Derrida me permitieron acceder a muchos de sus textos que no conseguía encontrar. Fue una gran ayuda, además de un gran placer, tener ahí condensado tanto pensamiento de altura.
Al margen de la cuestión de fondo general sobre los derechos de autor, la gratuidad de la cultura, etcétera, me parece evidente que en estos tres casos es ridículo plantear esos "derechos". Espero que pronto se den cuenta de ese absurdo y le dejen abrirlos de nuevo.
Lo dicho. Muchas gracias, y un saludo.